TACONES LEJANOS

Nueva York, años cuarenta. Por los pasillos del Waldorf Astoria resuenan los tacones de una mujer envuelta en pieles camino a su habitación. Al entrar saca un paquete con un olor sospechoso, que delata su contenido: unas hermosas sardinas. Lleva varias temporadas triunfando en la Gran Manzana, pero aún así, prefiere una humilde cena y la soledad de su cuarto antes que manjares y bailes en el Stork Club. Podría llamarse Billie, o Ella, o Marlene, pero no, se llama Carmen, Carmen Amaya, y es una de las principales figuras de ese arte tan nuestro y tan del mundo que es el Flamenco.

 

Carmen no fue la primera, ni la última, en pasar de las tabernas de la tacita de plata a los clubes de Nueva York. Fue un miembro más de esa expedición de flamencos que cruzaron el charco para asombrar al mundo con su cante y con su baile. Sus nombres servirían para crear un salón de la fama del arte flamenco: Rosario y Antonio, Gades, La Argentinita, Lola Flores, Enrique Morente, Miguel de Molina, Joaquín Cortés…

 

Todos estos nombres y muchos más, han pasado por las manos y por los ojos de uno de nuestros directores más reconocidos, Carlos Saura, sin el cual sus vidas y sus trayectorias serían muy diferentes y, desde luego, bastante menos conocidas fuera de nuestras fronteras.  Saura, rendido admirador de este arte de siglos,  se reconoce orgulloso de haber aportado su granito de arena a la difusión del flamenco. “Siento un gran placer al haber ayudado al flamenco de alguna manera. Tener delante a los mejores artistas del mundo del flamenco, que son como los Pavarottis de su arte, su punto más alto, es una gran satisfacción, es un gozo poder trabajar con ellos y ayudarles”. Sin duda, su excepcional trabajo en obras como “Carmen”, “Bodas de Sangre” o “Sevillanas” internacionalizó el Flamenco, le dio nuevos brios que lo elevaron a ser considerado un arte con mayúsculas. 

“A partir de “Sevillanas” es muy fácil trabajar con ellos porque ellos quieren trabajar conmigo, no voy yo a buscarles, vienen a mí. “

 

 

Pero antes que llegará Saura, el Flamenco ya fluía por las calles de Nueva York, en sus clubes, en sus salas de fiesta, en sus teatros. Presente en tierras americanas desde principios del siglo XX, cuando ya triunfaba en Broadway Concha Piquer, no fue hasta los años cuarenta que el flamenco vivió su auténtico auge neoyorquino. Mientras en España se pagaban caros los excesos de la Guerra Civil, en Manhattan llegaron a coincidir tres grandes compañías de baile flamenco aprovechando el tirón que en aquella época tenía el mundo latino: Antonio y Rosario enseñaban a taconear a Judy Garland tras triunfar cada noche en el Carnegie Hall, y eran retratados por Dalí en un cuadro que perdieron a su regreso a España; Carmen Amaya enloquecía a los yankees con su arte cada madrugada en antros de Broadway para luego gastarse lo ganado en comprar joyas en Tiffany´s; y La Argentinita asombraba en el Metropolitan con El Café de Chinitas, síntesis de baile español y flamenco con escenografías surrealistas y canciones de Lorca. Tal fue su éxito que incluso fue recibida en la Casa Blanca, dónde regaló a Rooselvelt una de sus toreras. Todo ello mientras en sus pueblos de Andalucía sus vecinos no tenían apenas nada que llevarse a la boca.  

 

Esta fue una época de oro en la que nuestros artistas se codeaban con estrellas de Hollywood, intelectuales expatriados por la II Guerra Mundial y decadentes músicos de jazz, con los que no sólo compartían escenarios, sino también orígenes. “El jazz y el flamenco – nos explica Saura – han sido dos movimientos que han crecido casi en el mismo tiempo, el comienzo del siglo XX.  En la costa, en tabernas donde se reunían marineros de todo el mundo surgió el flamenco. El jazz tuvo el mismo germen, sumándole la cultura negra del sur de Estados Unidos. Sin embargo, el jazz tiene orígenes claros, mientras que es muy difícil encontrar las raíces del flamenco, nadie lo sabe, ni siquiera los más grandes expertos saben de donde viene.”

 

Tras esta época de esplendor , los años cincuenta vieron como el Flamenco debía hacer las maletas y volver a casa.  El baile español ya no interesaba, ya no vendía, y para disfrutarlo los americanos venían a España, donde además de baile y cante, conseguían bebida y mujeres por el mismo precio. Esa época mítica en la que Ava Gardner ejerció de embajadora de la juerga patria y en la que desde el gobierno franquista se usaron los volantes y las castañuelas para hacer una propaganda política que más tarde perjudicaría al flamenco. Para Carlos Saura, la situación es más simple, los artistas tenían que comer, gobernase quien gobernase: “A Franco no le gustaba nada el flamenco, tampoco creo que lo publicitara, creo que era una cosa popular y que había artistas que eran franquistas y eran flamencos. En general los flamencos han sido poco políticos, han ido a ganar el sustento, pero siempre fuera de la política, en general.” Lo cierto es que ahí estaban las películas de folclóricas, las fiestas de La Granja con Carmen Polo y los tablaos llenos de turistas americanos y sus dólares, en los que el arte se vendía a unos espectadores que, sin duda, no valoraban ni sus pasos ni sus “tempos”. “Los flamencos no estaban a gusto cantando para borrachos –  apunta Saura –  y les disgustaba que no apreciaran su arte, pero tenían que comer.”

 

Afortunadamente, hubo artistas que se pusieron el mundo por montera y no se limitaron a ser guías turísticos. Gente como Lola Flores, que llenó sus baúles de batas de cola y en 1953 se fue a Nueva York a arrasar en el Madison Square Garden. Las críticas que recibió por parte de medios tan serios como “The New York Times” forman ya parte de la leyenda: “Ni canta ni baila, pero no se la pierdan”. Desde luego, una mujer única que traspasó fronteras, y no sólo físicas. Como bien recuerda Carlos Saura: “Había una gran fascinación por Lola Flores, incluso a Franco le gustaba mucho”.

 

Tímidas incursiones, en cualquier caso, que no sirvieron para que el flamenco ocupase el lugar que merecía. Poco  a poco, llegaron los años sesenta, y con ellos el aperturismo. España quería ser moderna y mostrar lo mejor de sí misma. La ocasión llegó con la Exposición Universal de Nueva York en 1964 y en el pabellón español se tiró la casa por la ventana: desfiló Nati Abascal con modelos de Berhanyer, Dalí hizo de las suyas, y el flamenco tuvo su lugar de honor con las actuaciones estelares de Fernanda de Utrera y un jovencísimo Antonio Gades.  El éxito de este último fue tal que recibió la Medalla al mérito turístico.  Las puertas de la ciudad se abrieron a sus pies,  hasta los Duques de Windsor se declararon incondicionales de su arte, pero él prefirió regresar a España, donde desarrollo una obra que le sitúa en las cimas mas altas del baile.  Saura, íntimo amigo y colaborador, nos da las claves para entender está compleja figura que no se dejaba impresionar ni por lo más altos rascacielos: “Antonio era un tipo que no era inculto pero era un tipo muy básico aunque muy inteligente, con una gran intuición, pero no era un intelectual, no le he visto nunca leer un libro. Hemos hablado poco de otras cosas que no fueran el flamenco. El no lo pasaba bien ni siquiera bailando, bailaba por que consideraba que era un trabajo. Por eso cuando el actuaba en el extranjero no se preocupaba de las ciudades, de los museos, se preocupaba de su baile, bien en NYC, en París,…” Gades y Saura volverían juntos a Nueva York con “Carmen”, el musical más exitoso de los tres que realizaron juntos, tanto que llegó a ser nominado al oscar como mejor film de habla no inglesa en 1983 y que supuso un nuevo contacto con la Gran Manzana “Cuando actuaba en NYC – rememora Saura – él pensaba en tener éxito, en tener críticas estupendas  para mantener a flote su compañía. La ciudad le podía gustar más o menos, pero ni le fascinaba ni le influía en ningún sentido”. 

 

Y después, el diluvio.  Años de sequía en los que el flamenco pagó un peaje muy elevado al ser considerado, errónea e injustamente, como un arma propagandística del franquismo. Años enteros en los que para sobrevivir, muchas de sus estrellas tuvieron que recurrir al pop, como la Jurado  o la mismísima Lola Flores. Años en los que apareció el fenómeno del flamenco fusión, con puntales como Las Grecas o Los Chichos, un arma de doble filo que acercó el flamenco al pueblo pero que a la vez enturbió su imagen. Y por supuesto años en los que su repercusión internacional era nula. Incluso en España, reivindicarlo, como hacía Carlos Saura, era hasta revolucionario.  “Hay mucha gente que piensa que el flamenco es una cosa de la golfería, de los barrios bajos, de los proletarios,  aunque la partida se va ganando, pero todavía queda esa reminiscencia de que el flamenco es algo de los barrios bajos mezclado con la gitanería.” Saura, de hecho, sorprendió a propios y extraños cuando en “Deprisa, deprisa” usó las canciones de Los Chunguitos como banda sonora, y pese a los malos augurios, triunfo plenamente.

 

Aún contando con estos triunfos habría que esperar  un par de décadas, más concretamente hasta 2001, para que el flamenco saliese del olvido y recuperase los laureles . Fue en ese año que se  fundó el Flamenco Festival USA, con sede tanto en Nueva York como en las principales capitales norteamericanas, cuyo objetivo ha sido y es situar el flamenco al nivel de la ópera, del ballet, es decir, hacer de él un espectáculo de primera magnitud y sacarlo de los tablaos y de las ferias para llevarlo de nuevo a los grandes teatros. Miguel Marín, director del festival, cree sin duda, que el objetivo se ha cumplido plenamente y que gracias a este festival el flamenco ha alcanzado cotas inimaginables. “El Festival de Flamenco es uno de los eventos más importantes de Nueva York, una ciudad abierta que toma todo como propio” nos cuenta Marín “Este festival es una ventana al mercado internacional, ya que Nueva York abre las puertas del mundo”.  Y sino que se lo digan a Farruquito, que mientras en España era sometido a un juicio público por asuntos que no vienen al caso, en Nueva York posaba para Richard Avedon, fascinado por su arte tras verle bailar.

 

Estrella Morente, el Arcángel, Paco de Lucía, María Pagés o Joaquín Cortés, todo un ídolo en Norteamérica, también han disfrutado gracias  a este festival de noches de gloria en escenarios de la talla del Lincoln Center o el Carnegie Hall. Según Marín “La imagen del flamenco y de España ha sido revalorizada por estos embajadores de primera línea artística”.  Marín,  testigo excepcional de este regreso triunfal del flamenco a la Gran Manzana, nos asegura que los espectadores están absolutamente rendidos ante este arte visceral. “Todos nuestros espectáculos han recibido una respuesta excepcional ante el público, de hecho, el director del Carnegie Hall siempre se sorprende.”

 

¿Estamos, pues, ante el punto culminante del flamenco? ¿Dejará de ser un arte a examen para estar en el Olimpo de las artes escénicas? Eso parece, aunque tal vez necesite un pequeño empujoncito de nuestra parte. Si lo comparamos con nuestro cine, las ayudas son nulas y sin embargo, los resultados mucho más halagüeños. Para Miguel Marín el flamenco es el gran olvidado a la hora de las subvenciones. “Apoyamos poco el flamenco con respecto a otras artes. No se llega a comprender el valor que tiene hasta que lo ves desde fuera”. Carlos Saura es de su misma opinión. “Nunca se ha ayudado al flamenco realmente. Lo malo es que las compañías privadas son complicadísimas, muy caras de mantener, a no ser que tengas mucho éxito como por ejemplo Sara Baras. Hay tres o cuatro compañías, pero no hay muchas más. Cuesta mucho moverse, sin ayudas, claro.” Él lo sabe mejor que nadie, que tiene que bregar contra molinos de viento para estrenar su último espectáculo, “Flamenco Hoy”, en el Lincoln Center la próxima temporada.

 

El Flamenco pasa página y se enfrenta al siglo XXI lleno de energía y de retos. La ortodoxia entra en lucha con los nuevos aires, con las más jóvenes ideas, siempre queriendo revolucionarlo. Al fin y al cabo, así es como un arte se hace grande, cuando se rompen barreras y se crean nuevos horizontes.  Y no olvidemos, que como dice Carlos Saura, el flamenco es algo único que debemos defender. “Sinceramente creo que de la cultura española lo que mejor podemos exportar y quizás lo único es el flamenco, aunque parezca un tópico, así es”.

 

 

Crawford.

Publicado en VSPAIN 06 - OTOÑO 2010