ELIZABETH TAYLOR, LA ESTRELLA MÁS BRILLANTE

Elizabeth Taylor fue una mujer excesiva, todo era superlativo en ella: la belleza, las joyas, los maridos (sobre todo Richard Burton, el amor de su vida), los amigos, los escándalos... Por eso y por ese inabarcable legado fílmico que nos deja Liz es y será una de las mayores leyendas que el cine ha creado. 

 

Siempre estuvo ahí, se adaptó a cada época a la perfección: niña prodigio en las películas de Lassie, sex symbol, actriz de carácter ganadora de dos oscar, queen of the night en el Studio 54, perfumista de éxito con sus “White Diamonds”, luchadora contra el sida a través de AMFAR… su arte superó las barreras del tiempo. Cada generación descubría una nueva Miss Taylor, todavía más espectacular que la anterior. Ni las enfermedades, las drogas o la obesidad podían con ella y cuando parecía que estaba vencida resurgía con sus mejores galas para dejarnos estupefactos con su esplendor. 

 

Ella era estrella a toda costa, aprendió el oficio desde pequeña y lo manejó siempre a la perfección.  Era heredera directa de las Garbo, Dietrich o Crawford, y como tal, no se permitió un desliz. Podía ser la más escandalosa, pero siempre iba divinamente embutida en un Dior, tal y como corresponde a las de su clase. Algo de lo que deberían aprender muchas jovencitas. O no, pues el cine que vio nacer a Liz ya no existe, desgraciadamente.

 

El cine, claro, lo más importante de todo. Y es que, antes que nada, Elizabeth Taylor era actriz, una grandísima actriz. Es verdad que no era algo innato, que se dedicó a la interpretación por deseo materno, pero poco a poco con los años la tímida y dubitativa starlette se convirtió en una animal de la pantalla capaz de comerse viva a todo un Marlon Brando. Hasta los críticos más acérrimos, que en sus comienzos la consideraban un florero, acabaron reconociendo en la Taylor a una de las mejores y más intensas actrices de su generación gracias a títulos como “Gigante”, “La gata sobre el tejado de zinc”, “De repente el último verano” o “¿Quién teme a Virginia Woolf?”, esta última sin duda una de las mejores interpretaciones vistas en una pantalla de cine. Con los setenta derivó en papeles de matrona desquiciada en títulos como “Miércoles de ceniza” o “La mujer maldita”, pero lo que en otras habría sido pura basura, Liz lo convirtió en oro. Puro cine de culto.

 

Hoy la hemos perdido para siempre. Sus legendarios ojos violeta no volverán a abrirse, pero nos quedan sus películas, donde la belleza es eterna.

 

Gracias Elizabeth, por ese maravilloso regalo.

 

 

Por Crawford

Publicado en el blog de V SPAIN 23/03/2011