A LOS PIES DE JODIE FOSTER

Cuando en la pasada ceremonia de los Globos de Oro una sublime Jodie Foster vestida de Armani subió a recoger ese premio tan de los ochenta como es el Cecil B. DeMille, el mundo entero se puso a sus pies. Y no por ser una de las mejores actrices de su generación. Tampoco por tener dos oscar en su estantería, o en su baño como Emma Thompson. Mucho menos por haber sobrevivido al canibalismo de Hannibal Lecter. Si aplaudimos a la estrella en ese momento fue por un hecho tan poco relacionado con el séptimo arte como salir del armario.

 

 

Seamos honestos, ¿necesitábamos este gesto por parte de la actriz? ¿No éramos todos conscientes de ello? pues sí, lo sabíamos todos pero a pesar de ello esta declaración tan pública de su homosexualidad era más que necesaria. Tal vez no para los lectores de esta revista, muy cómodos todos nosotros disfrutando de las libertades de nuestra burbuja occidental, pero sí que lo es para esos millones de homosexuales que son perseguidos en muchos países por el mero hecho de ser diferentes. No, no es la letra de una canción de Lady Gaga aunque pueda parecerlo, es la realidad. Para esas personas, que alguien tan notorio y respetado como Jodie Foster declare ante millones de espectadores que es lesbiana es una llama inspiradora que les anima a seguir luchando por sus derechos.

 

 

Hay que tener en cuenta que gran parte de la audiencia a la que se dirigió la actriz, es decir, el público americano, es mucho más que conservador en lo que se refiere a los asuntos de cama. No han sido pocas las grandes estrellas de Hollywood que se han visto obligadas a esconder sus verdaderas pasiones para seguir teniendo a ese temido público de su parte. Algunos lo lograron, como Rock Hudson, que solo vio desvelado su secreto cuando los efectos del sida hicieron mella en su rostro. Otros no tuvieron tanta suerte y vieron su carrera arruinada por las incisivas columnistas de Hollywood, como le ocurrió a la malograda Judy Holliday. En nuestros días, pese a ser todos muy modernos y librepensadores, hay muchísimos casos, pero me sería una "misión imposible" citarlos todos. 

 

 

 

Los ejemplos que han inspirado a Jodie Foster a dar este paso han sido pocos o ninguno. Nadie antes, y mucho menos de su categoría estelar, ha tenido el coraje de decir al mundo "sí, soy mujer y amo a otra mujer". Y es que a ella nunca le ha faltado el coraje. Lo tuvo cuando interpretó a una prostituta adolescente en "Taxi driver". O cuando John Hinckley Jr. disparó a Reagan para impresionarla. Y lo tuvo más que nunca cuando apoyó a Mel Gibson en su descenso a los infiernos del alcohol y el racismo. Fue esta mujer libre, luchadora y valiente la que sobre el escenario del Beverly Hilton Hotel dio a sus compañeros de profesión una lección de vida, y lo que es más importante, un ejemplo a seguir.

 

 

Algunas voces, negras voces salidas de esa América profunda que tanto tememos, dicen que si con este discurso la actriz ha sellado su propia tumba, que si está acabada,... pura hipocresía de una sociedad que tiene muchos trapos sucios por lavar. Que Jodie Foster era lesbiana los sabíamos todos y, hasta donde yo sé, ha tenido una carrera brillante. Nos la creímos como la turbadora protagonista de "Acusados" y como ese témpano de hielo que era Clarice Starling en "El silencio de los corderos", entre otros muchos grandes papeles. Jodie Foster es actriz, una gran actriz, y eso es lo que debería importarnos. Lleve faldas o pantalones, que por cierto, le quedan estupendamente.

 

 

Por Crawford.

Publicado en CANDY MAGAZINE 6TH ISSUE - SUMMER 2012

 

 

    

SIR LAURENCE & LADY OLIVIER

Tenía 13 años cuando se subió a un escenario por primera vez. Corría el año 1920 y el papel a representar no era otro que el de la indomable Catalina en "The taming of the shrew" de William Shakespeare. Tan brillante fue su debut, que la gran dama de la escena inglesa Ellen Terry dijo que era la mejor interpretación que había visto nunca de tan difícil papel. Todo un mérito teniendo en cuenta que la actriz que interpretaba a la rebelde Catalina en aquella ocasión se llamaba Laurence Olivier y no era ella, sino él. 

El más grande de todos los actores británicos de la historia empezó así, como crossdresser, una larguísima carrera llena de luces y, como todas las larguísimas carreras, de sombras. Unas sombras que, tal y como contó su viuda Joan Plowright en una reveladora entrevista, marcaron su convivencia con este genio violento y atormentado por ocultar con escaso éxito un secreto: su más que notoria bisexualidad. Un problema sin importancia, según ella, comparado con la suerte de compartir su vida con un mito viviente. Hay gustos para todo, desde luego.

 

 

Según esta fuente más que fiable, fueron muchas (y muchos) los compañeros de profesión que, a lo largo de los años, conocieron al Larry más íntimo: Errol Flynn, Joan Crawford, Danny Kaye, John Gielgud… Saltar de cama en cama era algo muy habitual en aquel añorado Hollywood dorado donde el único representante de la castidad fue Lassie, en palabras de la inmortal Bette Davis.

 

 

Estos affaires tuvieron, sin embargo, una víctima inocente que fue incapaz de soportar las debilidades de Sir Laurence: su segunda esposa, Vivien Leigh, una sensible actriz a la altura de su marido que pasó a la historia con mayúsculas como Scarlett O´Hara, la mítica protagonista de "Gone with the wind". Al contrario que la legendaria heroína sureña, la pobrecita Vivien fue una auténtica sufridora de las aventuras y humillaciones de un esposo que no soportaba la inmensa fama de la actriz. Tal fue el acoso y derribo que soportó, que acabó sola y abandonada a su suerte mientras luchaba contra las más variadas enfermedades mentales. El problema fue sencillo: para Sir Laurence Olivier sólo había una prima donna, él mismo.

 

 

Fueron muchos los cadáveres que el genio shakespeariano dejó a su paso, algunos tan exquisitos como el de Marilyn Monroe, que a duras penas soportó el rodaje de "The Prince and the showgirl". El ego de Olivier era demasiado grande como para compartir el set con la rubia platino. Miss Monroe nunca volvió a ser la misma tras esta película, sumergiéndose en un proceso de autodestrucción que le llevó a acabar con su vida el 5 de agosto de 1962. ¿La causa de este mezquino comportamiento con su partenaire? Probablemente que Sir Laurence prefería ser la corista antes que el Príncipe.

 

 

Al contrario que estas infortunadas damas, la carrera de Larry siguió viento en popa alternando papeles alimenticios con obras maestras como "Spartacus", donde el actor dio rienda suelta a toda su pluma para lograr su mejor interpretación. Y eso que hablamos de los años sesenta, donde los rumores sobre la sexualidad del intérprete eran ya algo más que débiles ecos de sociedad. Una sociedad que disfrutó con la ambigüa interpretación que Olivier ofreció en "The Sleuth", en la que un venerable caballero inglés llevaba su afición por las charadas demasiado lejos. El personaje era sin duda mucho más simpático que la persona, pues ese secreto que llevaba años guardando en el armario le había agriado el carácter.

 

 

Probablemente este incómodo rasgo de su personalidad hizo que Sir Laurence se encontrase muy solo en la cumbre, pero no le libró de convivir siempre con esos fantasmas que nunca le dejaron ser el auténtico Larry y que le llevaron a atormentar a todos aquellos que tuvieron la mala fortuna de cruzarse en su camino. Y es que, señoras y señores, es muy complicado vestir impecables trajes a medida de Bond Street cuando uno lo que quiere es enfundarse un lujoso vestido de noche de Christian Dior.

 

 

Por Crawford.

Publicado en CANDY MAGAZINE 6TH ISSUE - SUMMER 2013