SIR LAURENCE & LADY OLIVIER

Tenía 13 años cuando se subió a un escenario por primera vez. Corría el año 1920 y el papel a representar no era otro que el de la indomable Catalina en “The taming of the shrew” de William Shakespeare. Tan brillante fue su debut, que la gran dama de la escena inglesa Ellen Terry dijo que era la mejor interpretación que había visto nunca de tan difícil papel. Todo un mérito teniendo en cuenta que la actriz que interpretaba a la rebelde Catalina en aquella ocasión se llamaba Laurence Olivier y no era ella, sino él. El más grande de todos los actores británicos de la historia empezó así, como crossdresser, una larguísima carrera llena de luces y, como todas las larguísimas carreras, de sombras. Unas sombras que, tal y como contó su viuda Joan Plowright en una reveladora entrevista, marcaron su convivencia con este genio violento y atormentado por ocultar con escaso éxito un secreto: su más que notoria bisexualidad. Un problema sin importancia, según ella, comparado con la suerte de compartir su vida con un mito viviente. Hay gustos para todo, desde luego.

Según esta fuente más que fiable, fueron muchas (y muchos) los compañeros de profesión que, a lo largo de los años, conocieron al Larry más íntimo: Errol Flynn, Joan Crawford, Danny Kaye, John Gielgud… Saltar de cama en cama era algo muy habitual en aquel añorado Hollywood dorado donde el único representante de la castidad fue Lassie, en palabras de la inmortal Bette Davis.

Estos affaires tuvieron, sin embargo, una víctima inocente que fue incapaz de soportar las debilidades de Sir Laurence: su segunda esposa, Vivien Leigh, una sensible actriz a la altura de su marido que pasó a la historia con mayúsculas como Scarlett O´Hara, la mítica protagonista de “Gone with the wind”. Al contrario que la legendaria heroína sureña, la pobrecita Vivien fue una auténtica sufridora de las aventuras y humillaciones de un esposo que no soportaba la inmensa fama de la actriz. Tal fue el acoso y derribo que soportó, que acabó sola y abandonada a su suerte mientras luchaba contra las más variadas enfermedades mentales. El problema fue sencillo: para Sir Laurence Olivier sólo había una prima donna, él mismo.

Fueron muchos los cadáveres que el genio shakespeariano dejó a su paso, algunos tan exquisitos como el de Marilyn Monroe, que a duras penas soportó el rodaje de “The Prince and the showgirl”. El ego de Olivier era demasiado grande como para compartir el set con la rubia platino. Miss Monroe nunca volvió a ser la misma tras esta película, sumergiéndose en un proceso de autodestrucción que le llevó a acabar con su vida el 5 de agosto de 1962. ¿La causa de este mezquino comportamiento con su partenaire? Probablemente que Sir Laurence prefería ser la corista antes que el Príncipe.

Al contrario que estas infortunadas damas, la carrera de Larry siguió viento en popa alternando papeles alimenticios con obras maestras como “Spartacus”, donde el actor dio rienda suelta a toda su pluma para lograr su mejor interpretación. Y eso que hablamos de los años sesenta, donde los rumores sobre la sexualidad del intérprete eran ya algo más que débiles ecos de sociedad. Una sociedad que disfrutó con la ambigüa interpretación que Olivier ofreció en “The Sleuth”, en la que un venerable caballero inglés llevaba su afición por las charadas demasiado lejos. El personaje era sin duda mucho más simpático que la persona, pues ese secreto que llevaba años guardando en el armario le había agriado el carácter.

Probablemente este incómodo rasgo de su personalidad hizo que Sir Laurence se encontrase muy solo en la cumbre, pero no le libró de convivir siempre con esos fantasmas que nunca le dejaron ser el auténtico Larry y que le llevaron a atormentar a todos aquellos que tuvieron la mala fortuna de cruzarse en su camino. Y es que, señoras y señores, es muy complicado vestir impecables trajes a medida de Bond Street cuando uno lo que quiere es enfundarse un lujoso vestido de noche de Christian Dior.

Por Crawford.