EL PLACER DE SER SARA MONTIEL

Hace 60 años Sara Montiel decidió hacer las Américas. Lo suyo fue llegar y triunfar. Hoy, muchos años y muchos fotogramas después, Saritísima nos cuenta en exclusiva su pasado, su presente y su futuro junto al de sus herederas. 

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre nos acordamos todos, nació uno de los rostros más bellos de la Historia, en mayúsculas: Sara Montiel, la española universal que forjó un imperio a base de cuplés cuando el mundo ya bailaba el twist.

Dotada con el divino don de la belleza, nuestra heroína hizo lo que todas las niñas de su generación: apuntarse a un concurso de talentos infantiles. De ahí al cine. Comedias sin fuste, papeles secundarios en películas de cartón piedra y amistades entre intelectuales como León Felipe, que le aconsejaron cruzar el charco para no ser sólo una cara bonita: “En España no tenía ninguna carrera ni porvenir artístico, así que en 1950 me fui a México, donde nada más llegar triunfé”.

Ese México era el México del cine de oro y allí Sara se convirtió de la noche al día en una diva tal que su nombre cruzo fronteras: “Una de mis películas, Piel Canela, tuvo mucho éxito y se estrenó en Nueva York, allí la vio un jefazo de United Artists, que me contrató para Veracruz”. El resto es historia: películas con Joan Fontaine, almuerzos con Hitchcock e incluso juergas con James Dean, quién se hizo con Sarita sus últimas fotos antes de morir. Y todo esto sin necesidad de romances o campañas promocionales, al contario que sus predecesoras: “Penélope Cruz en Hollywood se pasaba la vida luchando sin llegar a nada, hasta que llegó Pedro (Almodóvar) y como la chica vale y es monísima, con su ayuda, ha triunfado”.

Instalada en Hollywood, bigger than life, se caso en artículo mortis con el director Anthony Mann, un maestro del cine, íntimo de James Stewart, entre otras leyendas: “Yo, que nunca me acostumbré al horario americano, me levantaba a las doce de la mañana si no tenía rodaje. Un día, tras ponerme la bata, bajé al jardín y vi a mi marido jugando al tenis con una señora. Cuando terminaron mi marido me dijo Antonia, te presento a Greta Garbo”. Un encuentro épico del que, tristemente, no tenemos imágenes: “Tras ducharse en mi baño, la Garbo comió con nosotros, bueno yo en verdad desayuné, y con las cámaras que había en casa, de mi marido, no se me ocurrió hacernos una foto los tres juntos”.

Tras la cancelación de importantes proyectos, uno de ellos The Burning Hills, con Paul Newman, Sara decidió tomarse unas vacaciones y volver a España: “Después de hacer Yuma volví a España a ver a mi familia que llevaba sin verla desde el año 1950, y allí me ofrecieron El último cuplé. La rodamos muy deprisa y volví a América a seguir trabajando”.  Pero lo que Sara no sabía es que el cuplé cambiaría su vida. Esta música pasada de moda tuvo en su voz un éxito apoteósico, la gente hacía cola durante horas para ver la película una y otra vez. En España no se había visto a nadie tan sexy ni con tanto glamour susurrando Fumando espero. Sara se vio en la encrucijada y, ante lo que muchos consideraron una locura, se decidió por Europa:  “Yo preferí venirme aquí y ser la gran Sara Montiel, una living legend. En 1961 la Warner me ofreció un nuevo contrato y dije que no y es que aquí ganaba un millón de dólares de la época por película, era la actriz más taquillera de todas”. Toda una lección para sus más aventajadas alumnas, como Paz Vega, que tras enseñarnos a hablar spanglish tuvo que recitar a Santa Teresa en castellano antiguo para reverdecer los laureles.

Este american way of life con el que sueñan muchas tiene un inconveniente, y es que si eres morena y racial ya estás encasillada: “Entonces no querían mucho a las latinas. Me costaba mucho trabajo luchar contra eso. Sólo me daban papeles de india y a mí, con mis ojos verdes y mi piel blanquita,  pues eso no me gustaba”.  Un encasillamiento al que se han visto sometidas las actrices latinas en los últimos cincuenta años y del que sólo han empezado a salir cuando han sido ellas mismas las que se han cogido el toro por los cuernos, como Salma Hayek, que se autoprodujo un biopic sobre Frida Kahlo que le llevo a rozar el oscar. Sara prefirió no complicarse tanto y abandonó Estados Unidos, de lo que no se arrepiente: “Mis películas han sido éxitos enormes en todo el mundo. Cuando Rusia era comunista, mis películas se estrenaban en Moscú. Allí soy más conocida que la gatos”.

Tras cantar por primera vez, Sara descubrió que no sólo de actuar viven las actrices y empezó a grabar discos en los que cantaba de todo y en todos los idiomas. Su sensual voz vendía tan bien como su cuerpo y los distribuidores, siempre atentos a las demandas del público, comenzaron a exigir más y más canciones: “Yo soy la única actriz que ha hecho musicales en Europa, y es que mis películas lo eran por que los exhibidores lo exigían. Si veían que una película mía tenía seis canciones les parecían pocas y metían otras tres”. Una segunda carrera que se ha prolongado más allá de su retirada del cine, anticipándose a otras cantantes-actrices posteriores como la Streisand: “Mis giras me han llevado por todo el mundo, actué con Pavarotti, incluso actué en el Lincoln Center y en Las Vegas, para luego irme a cantar La Violetera en Rumania, donde me adoran. La gente se pegaba por verme en directo”.

Abierta la veda de la canción, la Montiel se dedicó a encadenar musicales de factura impecable y guiones calcados en los que Saritísima no paraba de mirar directamente al público mientras cantaba. De Calcuta a Miami, los fanáticos de la actriz se contaron por millones en los moviditos sesenta: “En Nueva York hay una tienda que vende fotos mías, muy caras, y muchos admiradores me las mandan para que se las dedique. Un día recibí una de Jennifer López, y es que su madre, Lupe,  ha visto mil veces El último cuplé y La violetera, y yo le mandé fotos de aquella época”.

Llegó un momento en el que la repetición del mismo argumento cansó hasta a sus más incondicionales y es aquí cuando la mejor Sara hizo aparición. Tras el patinazo surrealista que fue Tuset Street, donde se mezclaba el glamour de siempre con la vanguardia de la gauche divine, dio un giro de trescientos sesenta grados y protegida por directores como Bardem y guionistas como Antonio Gala, Sara protagonizó sus dos mejores películas, Esa mujer y Varietés, donde a pesar de las canciones, el argumento tenía mucha más importancia. Pero entonces murió Franco, llegó el destape y  Sara decidió que nadie la iba a ver como Dios la trajo al mundo. Después de enseñar un poco más de lo habitual en su canto del cisne cinematográfico “Cinco almohadas para una noche”, Sara puso punto y final a toda una vida dedicada al séptimo arte: “En la época del destape me llegaban cientos de guiones. En ellos tenía que enseñar los pechos y cantar canciones modernas que no tenían nada que ver con la Sara de siempre. A todos esos guiones dije que no, aunque me habría hinchado a ganar dinero, no era mi elegancia. Fui descartando películas hasta que decidí retirarme. Me retiré siendo una gran estrella, nunca conocí el fracaso”.

Y se retiró, vaya si se retiró: Ha hecho teatro, estrenando cientos de obras con nombres maravillosos como Super Sara Show; ha hecho televisión “poca pero buena, no me gusta la televisión”; y ha seguido grabando canciones, como sus míticos himnos Super Sara o Atrévete otra vez, escritos por gurús de la movida como Berlanga o José María Cano, respectivamente; pero cine, nunca jamás, a pesar de tentadoras ofertas. “Pedro Almodóvar, que empezó en una boîte vistiéndose como yo y haciendo playbacks de mis canciones, cuando se hizo director me llamó varias veces para trabajar en sus películas, como Tacones Lejanos, que fue escrita para mí. Mi marido (Pepe Tous), que era fan suyo desde el principio, me animó, pero a mí me dio pereza volver al cine. Lo había dejado en los setenta y no me apetecía volver en aquel tiempo. Arrepentirme no, pero si lo pienso ahora, si que me hubiera apetecido trabajar con Pedro”.

Sara. Sarita. Saritísima.  Ella enseñó a los españoles qué es ser una estrella “¿Una estrella? Una estrella soy yo”. Las que han venido después siempre se han tenido que medir con su leyenda. Su futuro está lejos del cine, pero por decisión propia. Su regreso sería, aún hoy, todo un acontecimiento. Por fortuna tiene candidatas a relevarla, aunque ella claramente se decanta por una: “A la Pataky no la conozco suficiente. La mejor, y la única, es Penélope Cruz”. Pocos motivos hay para dudarlo, especialmente si lo dice mientras se fuma uno de sus famosos puros mirando de frente a la eternidad.

Por Crawford.